
Por lo general las mujeres conocemos bien el significado de un “atraso”, que muchas veces es provocado por bacterias, hongos, gérmenes, etc. Pero ¿qué ocurre cuando somos nosotras, las que provocamos estos atípicos desordenes hormonales? Buscamos la solución más rápida ¿o no?
Todos, alguna vez, le hemos echado un vistazo a aquellos improvisados paneles publicitarios, que encontramos en cada poste de una avenida o en fachadas desteñidas, ya se por curiosidad o por simple ocio nuestra mirada ha sido atraída por peculiares y llamativas propagandas.
Anuncios de mariachis, amarres, escarchados, internet inalámbrico, etc. Se ha vuelto parte de nuestro día a día; tampoco es raro encontrar carteles mencionando a expertos ginecólogos anónimos capaces de curarte de todos tus males, hasta de un simple atraso menstrual.
Al principio creí que este anuncio aparentemente inofensivo, era uno más del montón, uno más que pasaba ante mis ojos como cualquier otro espectador; me equivoqué, un simple cartel cambió de manera inesperada el rumbo de 3 vidas y algo más.
Hace dos años aproximadamente recibí la llamada de una de mis mejores amigas, “Linda”, como la voy a llamar, es mi amiga de toda la vida, la hermana que nunca tuve, mi compañera en momentos difíciles, la incondicional; para otros la amiga de juergas, la alcahueta, etc. Así nos solían llamar, tan sólo nosotras sabíamos lo que nos unía.
Ese día no tuvimos la conversación amena y despreocupada que solíamos tener, entre llanto y desesperación, Linda intentaba contarme lo sucedido yo, por mi parte, pensé que era una más de sus bromas en las que suelo caer. Al no cesar su llanto comprendí que algo serio estaba ocurriendo, sentí que mi amiga me necesitaba más que nunca; quedamos en encontrarnos en la clínica más cercana.
Después de colgar el teléfono, me bañé y fui de inmediato al lugar pactado, en el transcurso del camino hacia mi destino, pensé en lo que me había contado, era muy probable que estuviera en estado; descuido, irresponsabilidad, eran muchas de las cosas que pasaban por mi mente en ese momento.
Cuando llegué ella estaba allí; sentada en una banca con la mirada perdida, llorosa y desalineada, por un momento no la reconocí; me acerqué y sin intercambiar palabras entramos ha realizar los análisis de sangre. Ambas no sabíamos que decirnos, sentía rabia y pena a la vez, ella quizás vergüenza y miedo, así estuvimos una hora lo que necesitábamos esperar para los resultados.
Linda fue llamada por una enfermera, la cuál confirmó lo que ya esperábamos, más 2 meses de gestación, algo que sí nos tomó de sorpresa. No teníamos nada más que hacer ahí, salimos y la invité a almorzar, conversamos de lo que pensaba hacer, de lo diferente que iba a ser su vida, que la iba a apoyar en lo que decida, trataba de animarla y hacer que no se sienta sola.
Pero en realidad ella buscaba eso, estar sola; tenía pensado abortar, deshacerse del problemita, decisión que tomó, sin importarle nadie. Tenía entre sus manos un número telefónico de un aparente consultorio médico, pregunté quién se lo había recomendado, dijo que una amiga vio en un alumbrado público un anuncio de médicos que la podían ayudar, en pocas palabras los famosos avisos de atraso menstrual.
La reproché por su decisión e insistí para que recapacitara, mientras que ella exponía a su favor lo joven que era para tal responsabilidad, responsabilidad que ella misma provocó y buscó. Al no lograr mi cometido solo me quedó acompañarla, también estaba en riesgo su vida.
Llamó al número indicado, una voz femenina y gentil contestó, mi amiga argumentó que tenía un retraso y que necesitaba regularlo. Inmediatamente la citó para ese mismo día en tarde, le dio su dirección y la esperaba en un par de horas. Hice mi ultimo intento por convencerla más no tuve éxito, así que nos enrumbamos a San Juan de Miraflores donde tendría lugar el cometido.
Llegamos con dificultad, ya que no conocíamos la zona que, por cierto, no era nada segura; ubicamos un local pequeño, de fachada lúgubre y sin ningún indicador de ser un centro médico. La misma agradable voz nos recibió y nos invitó a pasar, dudamos pero accedimos ante asechadoras miradas a nuestro alrededor.
Al ingresar, dijo que nos pusiéramos cómodas en unas sillas de plástico que había alrededor de un escritorio de madera; la voz agradable tenía nombre, se llamaba Juana, era fornida, trigueña, de baja estatura y de la Selva, y prometía ayudarnos. Linda volvió a explicar lo sucedido, la ayudita nos iba a costar 150 soles y por adelantado.
Después de recibir el dinero y guardarlo en su delantal, Juana sacó de un cajón del escritorio unas pastillas de colores blanco y rojo, las cuáles no nos dejó ver el nombre. Le indicó que la roja tenía que introducírsela dentro de la vagina, eso haría que le regule su periodo y la blanca le ayudaría a soportar posibles cólicos a causa de la primera pastilla.
Pensamos hacer todo ese proceso en mi domicilio, pero prácticamente nos exigió que todo lo realizáramos allí; seguro por precaución o simplemente temor a ser denunciada, condujo a Linda a un baño que estaba en el mismo local para que pueda hacer lo ya explicado. Después de todo este proceso salimos aquel lugar espantoso, yo sintiéndome cómplice de la mayor atrocidad cometida y deseando no haber vivido ese momento.
Linda por su lado estaba mucho peor; culpable, arrepentida, confundida, no lo sabía, sólo atiné a llevarla a mi casa. En todo el camino se sintió mal, cólicos, nauseas, su estómago hacia un gran estruendo, imposible obviar entre todos los pasajeros. Llegamos a casa lo primero que hizo fue ir al baño, al salir me dijo que estaba orinando un líquido naranja, y creímos que era la regla que ya le iba a venir. Por una parte sentimos alivio al saber que esas pastillas le hicieron efecto y que no fuimos engañadas.
La embarqué a su casa, se despidió con gran afecto y partió. Al día siguiente volvió a llamar diciendo que la pastilla no tuvo efecto, que lo único que sentía era un terrible malestar en el vientre, me pidió que por favor la acompañe a la clínica más cercana a realizarse una ecografía. Le interesaba saber el estado de la criatura, si es que aún lo tenía, me sorprendió tal inquietud por saber de alguien que ella misma decidió matar.
Se realizó la ecografía, donde pudo ver lo pequeñito que era su hijo, cayó una lagrima por su mejilla y al fin recapacitó de tal decisión homicida, aceptó tenerlo, le permitió la vida, vida que nadie le debió negar, ni siquiera su madre; con el apoyo de su pareja y el mío tomó por fin la decisión correcta. Ya ha pasado más de un año y Manuel su hijo es la luz de sus ojos, la que la motiva a seguir adelante.
Juana, la ginecóloga, fue denunciada en todo este transcurso; su paradero es desconocido; mi amiga entendió que no podía decir sobre la vida de otra persona y menos si esta no se podía defender.
Todos, alguna vez, le hemos echado un vistazo a aquellos improvisados paneles publicitarios, que encontramos en cada poste de una avenida o en fachadas desteñidas, ya se por curiosidad o por simple ocio nuestra mirada ha sido atraída por peculiares y llamativas propagandas.
Anuncios de mariachis, amarres, escarchados, internet inalámbrico, etc. Se ha vuelto parte de nuestro día a día; tampoco es raro encontrar carteles mencionando a expertos ginecólogos anónimos capaces de curarte de todos tus males, hasta de un simple atraso menstrual.
Al principio creí que este anuncio aparentemente inofensivo, era uno más del montón, uno más que pasaba ante mis ojos como cualquier otro espectador; me equivoqué, un simple cartel cambió de manera inesperada el rumbo de 3 vidas y algo más.
Hace dos años aproximadamente recibí la llamada de una de mis mejores amigas, “Linda”, como la voy a llamar, es mi amiga de toda la vida, la hermana que nunca tuve, mi compañera en momentos difíciles, la incondicional; para otros la amiga de juergas, la alcahueta, etc. Así nos solían llamar, tan sólo nosotras sabíamos lo que nos unía.
Ese día no tuvimos la conversación amena y despreocupada que solíamos tener, entre llanto y desesperación, Linda intentaba contarme lo sucedido yo, por mi parte, pensé que era una más de sus bromas en las que suelo caer. Al no cesar su llanto comprendí que algo serio estaba ocurriendo, sentí que mi amiga me necesitaba más que nunca; quedamos en encontrarnos en la clínica más cercana.
Después de colgar el teléfono, me bañé y fui de inmediato al lugar pactado, en el transcurso del camino hacia mi destino, pensé en lo que me había contado, era muy probable que estuviera en estado; descuido, irresponsabilidad, eran muchas de las cosas que pasaban por mi mente en ese momento.
Cuando llegué ella estaba allí; sentada en una banca con la mirada perdida, llorosa y desalineada, por un momento no la reconocí; me acerqué y sin intercambiar palabras entramos ha realizar los análisis de sangre. Ambas no sabíamos que decirnos, sentía rabia y pena a la vez, ella quizás vergüenza y miedo, así estuvimos una hora lo que necesitábamos esperar para los resultados.
Linda fue llamada por una enfermera, la cuál confirmó lo que ya esperábamos, más 2 meses de gestación, algo que sí nos tomó de sorpresa. No teníamos nada más que hacer ahí, salimos y la invité a almorzar, conversamos de lo que pensaba hacer, de lo diferente que iba a ser su vida, que la iba a apoyar en lo que decida, trataba de animarla y hacer que no se sienta sola.
Pero en realidad ella buscaba eso, estar sola; tenía pensado abortar, deshacerse del problemita, decisión que tomó, sin importarle nadie. Tenía entre sus manos un número telefónico de un aparente consultorio médico, pregunté quién se lo había recomendado, dijo que una amiga vio en un alumbrado público un anuncio de médicos que la podían ayudar, en pocas palabras los famosos avisos de atraso menstrual.
La reproché por su decisión e insistí para que recapacitara, mientras que ella exponía a su favor lo joven que era para tal responsabilidad, responsabilidad que ella misma provocó y buscó. Al no lograr mi cometido solo me quedó acompañarla, también estaba en riesgo su vida.
Llamó al número indicado, una voz femenina y gentil contestó, mi amiga argumentó que tenía un retraso y que necesitaba regularlo. Inmediatamente la citó para ese mismo día en tarde, le dio su dirección y la esperaba en un par de horas. Hice mi ultimo intento por convencerla más no tuve éxito, así que nos enrumbamos a San Juan de Miraflores donde tendría lugar el cometido.
Llegamos con dificultad, ya que no conocíamos la zona que, por cierto, no era nada segura; ubicamos un local pequeño, de fachada lúgubre y sin ningún indicador de ser un centro médico. La misma agradable voz nos recibió y nos invitó a pasar, dudamos pero accedimos ante asechadoras miradas a nuestro alrededor.
Al ingresar, dijo que nos pusiéramos cómodas en unas sillas de plástico que había alrededor de un escritorio de madera; la voz agradable tenía nombre, se llamaba Juana, era fornida, trigueña, de baja estatura y de la Selva, y prometía ayudarnos. Linda volvió a explicar lo sucedido, la ayudita nos iba a costar 150 soles y por adelantado.
Después de recibir el dinero y guardarlo en su delantal, Juana sacó de un cajón del escritorio unas pastillas de colores blanco y rojo, las cuáles no nos dejó ver el nombre. Le indicó que la roja tenía que introducírsela dentro de la vagina, eso haría que le regule su periodo y la blanca le ayudaría a soportar posibles cólicos a causa de la primera pastilla.
Pensamos hacer todo ese proceso en mi domicilio, pero prácticamente nos exigió que todo lo realizáramos allí; seguro por precaución o simplemente temor a ser denunciada, condujo a Linda a un baño que estaba en el mismo local para que pueda hacer lo ya explicado. Después de todo este proceso salimos aquel lugar espantoso, yo sintiéndome cómplice de la mayor atrocidad cometida y deseando no haber vivido ese momento.
Linda por su lado estaba mucho peor; culpable, arrepentida, confundida, no lo sabía, sólo atiné a llevarla a mi casa. En todo el camino se sintió mal, cólicos, nauseas, su estómago hacia un gran estruendo, imposible obviar entre todos los pasajeros. Llegamos a casa lo primero que hizo fue ir al baño, al salir me dijo que estaba orinando un líquido naranja, y creímos que era la regla que ya le iba a venir. Por una parte sentimos alivio al saber que esas pastillas le hicieron efecto y que no fuimos engañadas.
La embarqué a su casa, se despidió con gran afecto y partió. Al día siguiente volvió a llamar diciendo que la pastilla no tuvo efecto, que lo único que sentía era un terrible malestar en el vientre, me pidió que por favor la acompañe a la clínica más cercana a realizarse una ecografía. Le interesaba saber el estado de la criatura, si es que aún lo tenía, me sorprendió tal inquietud por saber de alguien que ella misma decidió matar.
Se realizó la ecografía, donde pudo ver lo pequeñito que era su hijo, cayó una lagrima por su mejilla y al fin recapacitó de tal decisión homicida, aceptó tenerlo, le permitió la vida, vida que nadie le debió negar, ni siquiera su madre; con el apoyo de su pareja y el mío tomó por fin la decisión correcta. Ya ha pasado más de un año y Manuel su hijo es la luz de sus ojos, la que la motiva a seguir adelante.
Juana, la ginecóloga, fue denunciada en todo este transcurso; su paradero es desconocido; mi amiga entendió que no podía decir sobre la vida de otra persona y menos si esta no se podía defender.

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